jueves, 15 de diciembre de 2016

La niña que abrazaba cactus

Me gustaba coger los cactus y apretarlos contra mí en un intento de abrazo fallido. Sentía cierto dolor, pero en mi mente lo percibía como ese tipo de dolor que gusta. Como cuando tienes una picadura y necesitas rascarte, o tienes una costra y te la quitas aún sabiendo que ninguna de las dos son buenas para que desaparezcan. Pues así me sentía.

Luego, llegaba un momento en el que dejaba de sentir el dolor y me sentía rara. Entonces me daba por abrir los ojos y veía como mi pecho y mis manos estaban destrozados. Completamente llenos de rasguños y, en ocasiones, heridas profundas. Bastante profundas. Cuando pasaba esto, reaccionaba inconscientemente tirando el cactus asustada. Estos quedaban en el suelo y a mi me daba pena. Al principio sí que los recogía y los volvía a colocar en un nuevo macetero. Pero cuanto más me pasaba, más me planteaba dejar de hacerlo. Así que, viendo que no se podrían arreglar, decidí tirarlos a la basura.

Pero... ¿qué podía hacer? "son mis cactus y los quiero" pensaba. 

La gente no lo comprendía. " Lo normal es que los colecciones sin más", "¿Te has planteado comprar otro tipo de plantas?"... "Pero a mí me gustan los cactus y no, no me gusta el tener por tener", les contestaba yo. Como he dicho, ellos no me comprendían a mi, ni yo quería entender su modo de ver las cosas.
Al menos en ese entonces. Llegó un momento en el que todo eso cambió y me harté.  "La salud es lo primero", me dije, "y ya la dejé de lado por aquel monstruo en su día. No dejaré que vuelva a pasar".



Desde entonces soy más cuidadosa. Cuando compro un cactus, lo riego y lo cuido como se debe : con paciencia y puede que algo de cariño, sin más. Además, el otro día me enteré de que de algunos pueden germinar flores y eso me aporta otra manera de ver las cosas; como que realmente merece la pena esperar hasta ver esa pequeña ¿"recompensa"?

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